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UN RELATO NAVIDE?O

Publicado el 10/12/2012 12:51:00 por La habitación de Amélie [ver su web]


Ya sabéis que a veces comparto en este blog alguno de mis relatos y escritos...Pues bien aquí os dejo uno de mis últimos relatos breves que escribí para un certamen de literatura de cuentos sobre la Navidad. Ya que nos estamos acercando a esa época del año tan bonita, esta es mi pequeña aportación para que este año, al igual que todos, no se pierda la esencia de la Navidad, que para mí no es otra que la alegría y la satisfacción hallada en las cosas pequeñas...
"Cascabeles por Navidad"

 
" Abrió la puerta como todas las tardes y entró en su pequeña tienda. Le asaltó un fuerte sentimiento de soledad y tristeza, y notó cómo las lágrimas querían brotar de sus ojos pardos. Sentía un vacío infinito y algo ciertamente parecido al miedo. Sabía que aquello pasaría y se lo había repetido para sí misma cientos de veces, pero en ese momento se encontraba realmente afectada, y no había podido reprimir el llanto cuando aquella mañana él le había espetado con indiferencia ?la vida sigue, ahora aprende a sacarte tú sola las castañas de fuego?. Tenía una sensación de abandono, como si algo o alguien la hubiesen dejado de su mano, completamente a la deriva. A pesar de ello confiaba en que el cambio que había dado su vida en apenas cuatro meses sería por una buena razón. Quizás quería caminar más rápido que lo que el tiempo le permitía, que las manecillas de su reloj fuesen a toda prisa y amortiguasen pronto su dolor pero?sabía que todo estaba ocurriendo tal y como estaba previsto, de la única manera que podía pasar, así?
Encendió las luces de aquella habitación repleta de antigüedades y objetos vintage, y lo primero que vio fue una réplica de una casa victoriana que había colocado hacía unos días sobre la mesita de noche que tenía en el recibidor de la tienda. Era una antigüedad, con el número de identificación 017A pintado en su base, que la abuela Luisa compró en un rastro en uno de sus viajes a Europa central y regaló a Judith cuando cumplió 12 años. La casa tenía grandes ventanales y sobre su tejado había nieve pintada. Representaba una escena típica de Navidad; un caballero ataviado con un sombrero negro, guantes y bufanda tocaba un violonchelo en su puerta, y había dos pequeñas figuras de un caballero y una dama paseando a un bebé en una especie de trineo. Una señora elegantemente vestida con un sombrero de la época y un ramo de flores en la mano esperaba junto a una farola en la puerta de una floristería engalanada, para las fechas navideñas, con tiras hechas de ramas de abeto y lazos rojos. A pesar de lo entrañable de la estampa, parecía faltarle algo, como si hubiese una segunda mitad que unida a ésta, completase la maqueta navideña. Y Judith buscaba sin cesar aquella parte?
Esa era una de sus grandes pasiones, la limpieza y restauración de piezas antiguas para volver a ponerlas a la venta. Encontraba una magia especial en cada uno de los joyeros de porcelana china que en tiempos antiguos habrían guardado delicadas piezas de alguna adinerada dama. Cada uno de aquellos jarrones y figuras portaban consigo la esencia de otra época y, como Judith siempre decía a sus compradores, tenían alma propia; era algo que los convertía en pequeños tesoros, únicos y muy especiales. Claro que ella sabía que su pasión hacia aquello era muy subjetiva, pues siempre había quien no alcanzaba a ver más que objetos destartalados y viejos cuyo mejor destino era la basura o, en el más privilegiado de los casos, un polvoriento rincón en el desván. Pero Judith era así, una mujer que se aferraba a sus sueños, se revelaba contra lo que no compartía y finalmente seguía su propia intuición, con la aprobación de los demás o sin ella, aunque ahora su vida discurría no sabía muy bien por dónde?Muchas veces le comentaban que aquella dulzura que se desprendía de su físico contrastaba con sus fuertes ideas y convicciones, pero lo cierto es que eso no hacía más que acrecentar su encanto. La primera impresión que se solía tener de ella era la de una mujer frágil; su pelo castaño, su tez pálida y su delgada complexión la convertían en una especie de delicada muñeca que despertaba mucha ternura. Su voz pausada y amable era muchas veces forzada, pues sentía tanto amor por lo que hacía que su primer impulso era el de contarles a sus clientes, aceleradamente, con detalle y con gran entusiasmo, algo acerca de sus piezas. Así que procuraba calmarse y respirar profundamente antes de atender a cada persona que le preguntaba por algún objeto. Era una persona elocuente cuando la compañía y la conversación le motivaban, pero sumamente cauta y prudente cuando algo no le interesaba.Tratando de evitar compadecerse de sí misma sonrió:
- Vamos Judith, seguro que la tarde de hoy te depara alguna sorpresa agradable- se dijo.
Entonces se acordó de que esa misma mañana había recibido un par de bultos. Caminó unos pocos pasos en dirección a ellos cuando le fallaron las piernas y cayó, pero el golpe fue amortiguado por la gruesa moqueta que cubría el suelo. Conteniendo las lágrimas de rabia por su propia torpeza pensó que ya estaba bien, que era hora de levantarse no sólo de aquella moqueta sino de aquel tropiezo en su vida. No podía pasar el resto de sus días lamentándose; seguro que algo importante estaba por llegar?o al menos eso es lo que ella intuía?Se incorporó y aunque la muñeca derecha le dolía bastante, fue directa a los paquetes que se disponía a abrir antes de la caída. Los puso sobre el robusto mostrador de madera y comprobó con asombro que era el pedido que esperaba de Nueva Inglaterra. Se trataba de casi un milagro que hubiese llegado tan pronto teniendo en cuenta que eran vísperas de Navidad, pero la señora Mills había calculado el tiempo de envío para que le llegase a punto para las fiestas. En las calles se respiraba el aroma a leña quemada en las chimeneas, y los pocos escaparates del pueblo estaban llenos de tiras de bombillas multicolores que iluminaban los relojes, botellas de cava y licores, muñecas de porcelana, cajas de galletas de metal?y toda clase de regalos impacientes por participar del calor navideño del algún hogar. Las cajas venían envueltas en papel marrón con una fina cuerda alrededor. Nerviosa estiró de aquel hilo con fuerza y se hizo daño en su mano derecha.
- Tranquila?tranquila, voy a hacerlo bien?no puedo volver a lastimarme?no lo haré- susurró mientras tomaba aire.
Cogió unas tijeras y con sumo cuidado cortó el hilo de una de las cajas. En el remite leyó Heather Mills, 7, Old Sturbridge, Providence, e instantáneamente se trasladó al lugar que había visitado durante sus últimas vacaciones. De momento le asaltó la nostalgia pero volvió a respirar hondo; aquel viaje había sido el último que habían realizado juntos durante las navidades anteriores y le había parecido de ensueño. Habían visitado varias tiendas de Boston, Massachussets y Providence, ciudad en la que había conocido a Heather, la dueña de French Antique Shop, una preciosa tienda de antigüedades decorada como las casas típicas de la zona. Con ella había acordado la compra y el envío de varios artículos para la nueva tienda de antigüedades que Judith pensaba inaugurar en unos meses. Nueva Inglaterra se había convertido para ella en un lugar misterioso y romántico a la par desde que, años atrás, leyese los cuentos de terror de H.P Lovecraft. A través de ellos este autor había logrado sumergir a Judith en un lugar plagado de supersticiones y encanto, en el que el calmado follaje de los árboles contrastaba con las misteriosas historias, empapadas de alcohol y delirio, contadas por los hombres de la mar en las tabernas de los puertos de Rhode Island al atardecer. Historias de brujería acaecidas entre los primeros colonos británicos y holandeses, cuyas casas con grandes tejados y amplias estancias guardaban oscuros secretos, leyendas de fantasmas y seres mitad humanos mitad animal inventados por el autor?
El sonido de la campanilla que tenía colgada en la puerta la hizo regresar a la realidad y vio como un señor muy viejo entraba en la tienda tarareando ?Rocking around Christmas Tree?, una de esas canciones antiguas que a Judith tanto le gustaban.
- ¿Y dónde está tu árbol de Navidad, chica?- preguntó él sin ni siquiera saludar.- Bueno?la verdad es que este año no pensaba colocarlo?-contestó ella contrariada por la indiscreción del hombre.- Mm..como dijo Dickens?el recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad? ¿verdad hija?- dijo el hombre con una dulce sonrisa que dejaba entrever los pocos dientes que tenía.
Judith estaba atónita porque? ¿cómo podía saber aquel viejo que estaba triste? Aquel hombre llamaba mucho su atención; tenía unas pobladas patillas canosas y llevaba unos diminutos anteojos. A pesar de su sombrero de copa negro, se veía un largo cabello blanco y alborotado en su cabeza. Pretendía ir elegantemente vestido con su traje azul marino y una bufanda roja, pero lo cierto es que su aspecto era algo desastrado pues sus pantalones le venían muy holgados y la chaqueta estaba muy descolorida. Parecía haber viajado con el tiempo desde la Inglaterra victoriana, y le recordaba a alguno de los personajes de los cuentos de aquella época.
- Y?dígame? ¿en qué puedo ayudarle caballero?- dijo Judith.- Ayudarme?no creo que puedas hacerlo hija?soy muy viejo?-contestó él.
- ¿Entonces?
- Sólo he pasado a verte, una tienda preciosa a la que falta lo más importante.- Y dígame, ¿qué es eso tan importante?- dijo ella un poco enfadada.
El hombre se dio la vuelta y caminando hacia la puerta le contestó:- Mírate en tu interior y piensa si lo que albergas te hace feliz. Estamos en Navidad hija, los milagros no ocurren sólo ahora, pero dale una oportunidad y dátela a ti misma. Y después procura conservarla durante todo el año en tu corazón?
Abrió la puerta y salió de la tienda al tiempo que Judith creyó oír el sonido, muy sutil, de unos cascabeles. Un destello de luz brilló en la lámpara de cristal italiano que colgaba cerca de la puerta, y su reflejo iluminó la mesita de noche de la entrada. Entonces vio una cajita junto a la casa victoriana. Parecía estar tallada a mano y dentro encontró un papel con algo escrito:Cada fracaso te enseñará algo que necesitabas aprender. Pero no acalles la voz de tu interior, que no paralice el miedo nunca, sueña con lo que anhelas y no te rindas jamás.
Salió corriendo a la calle con la cajita en la mano a buscar a aquel hombre, pero no había ni rastro de él. Había anochecido completamente y algunos pequeños copos de nieve comenzaban a caer. Puso sus manos con las palmas hacia arriba y abrió la cajita como queriendo guardarlos en ella, y con los ojos cerrados levantó su cara hacia el cielo para llenarse de la magia de la Navidad. Estaba todavía contrariada por la visita de aquel extraño personaje pero sintió como una sensación de calma le inundaba y una brisa tibia le rozaba el pelo. Abrió los ojos y enfrente de ella una castañera se afanaba en avivar el fuego de su estufa. Tan ausente había estado que ni siquiera había reparado en ella durante todos aquellos días antes de Navidad, y entonces decidió comprar una docena antes de marchar a casa. Se acordó de la frase que había oído por la mañana acerca de las castañas, y se la repitió con ironía para sus adentros al tiempo que se decía que lo hoy parecía imposible con el tiempo sería una conquista. Cogió las castañas y cruzó la calle hasta su tienda de antigüedades.
Era casi la hora de cerrar pero la visita del anciano le había hecho recapacitar en cierto modo acerca de su visión de las cosas, por lo que no le importó demorarse en terminar de abrir sus pedidos. Faltaban dos días para Navidad y tenía curiosidad por ver los objetos enviados por Heather para ponerlos a la venta al día siguiente. Ante sus ojos aparecieron dos botellas de licor de cristal de una antigua fábrica en Boston, mucho más bonitas de lo que las recordaba. Entonces le vino a la mente lo que había pedido para esas fechas y pensó que en una única caja hubiese cabido todo. Sólo faltaba por sacar un juego de copitas de cristal tallado y, en efecto, allí estaban las 6 copas de cristal azul de la casa Waterford, probablemente llevadas hasta Nueva Inglaterra por alguna pudiente familia irlandesa. Tomó las tijeras de nuevo y comenzó a abrir el segundo paquete. Le embriagó un dulce aroma a mezcla de madera, canela y naranja, el mismo que había olido en la tienda de Heather. Cuando quitó los papeles del embalaje, el corazón le dio un vuelco; ante ella había una maqueta de navidad muy similar a la de su abuela. La sacó con cuidado en intuyó algo, por lo que miró su base emocionada y sin poder evitarlo comenzó a llorar de alegría. Aquella maqueta tenía la inscripción 017b. Aquello se trataba de un verdadero milagro?Heather sabía que Judith lo buscaba, y se había puesto manos a la obra hasta contactar en Praga con un prestigioso restaurador de antigüedades quien la había proporcionado información para conseguir aquella pieza única de colección. Sin pensarlo dos veces se lo había enviado como regalo de Navidad. No sabía por qué, pero en unas horas estaban ocurriendo grandes y pequeñas cosas que le estaban removiendo sus adentros, aliviándole en parte su dolor.
La víspera de Navidad Judith cenó con sus padres pero al volver a casa, decidió disfrutar de la magia de la Nochebuena y no acostarse tan pronto como había pensado días atrás. Así que bajó el sótano y rescató con ilusión el abeto de Navidad del año anterior. Lo adornó con lazos rojos de terciopelo y pequeñas figuras de madera que guardaba de su infancia. En la repisa de la chimenea colocó con mucho cuidado las dos piezas que al fin había logrado reunir y que significaban para ella la estampa de Navidad más bonita del mundo. Se sentó un momento frente a la chimenea mientras tomaba un chocolate caliente, al tiempo que miraba al fuego pensando en los últimos meses de su vida. De repente le invadió el recuerdo de su vida un tiempo atrás, y comenzaba a encogérsele el corazón cuando escuchó unos golpecitos en su ventana. Se giró y no vio a nadie así que la abrió y al asomarse sólo oyó el sonido del viento polar. Había nieve por todas partes y en el suelo vio unas pisadas de bota que desaparecían entre los arbustos. Oyó el sonido de unos cascabeles disipándose hacia el cielo que le resultó familiar. Se acordó del anciano que le había visitado y al mirar al cielo pasó una estrella muy brillante dejando un destello en el firmamento. Mientras Judith lo contemplaba pudo escuchar risillas entre los árboles de su jardín?Ahora entendía qué era lo que le faltaba a su tienda y a su vida, un toque de magia y la dedicación con alegría a sus quehaceres diarios, sin pensar en el por qué de las cosas?
Aquella noche durmió plácidamente y se levantó con la certeza de que todo iría bien, sólo tenía que repetírselo y creérselo. El día de Navidad escuchó sus viejos vinilos con clásicos de Navidad, y decidió regalarle a su madre una de las mitades de la casa victoriana de la abuela Luisa, para que cuando las volviesen a unir en Navidad recordasen que el verdadero milagro de la vida se encontraba en aquellos pequeños y grandes detalles a la vez?"




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